Estudios sobre Sufismo

lunes 6 de octubre de 2008

La Senda del Jorasán (De Zoroastro a Platón y otros sabios posteriores)


La Senda del Jorāsān

De Zoroastro a Platón y otros sabios posteriores
Terry Graham


El cuidador del fuego sagrado en el templo zoroastriano de Pir-e Sabz (Irán)

El estado más poderoso es el estado de la muerte, por el cual la luz regente se desprende de la oscuridad. Si no le queda atadura al cuerpo, emergerá en el mundo de la luz y se unirá a las luces dominantes. Allí contemplará todos los velos de luz como transparentes en relación con la gloria del Eterno, la Luz omni-abarcante, la Luz de Luces. ¡Es esta, sin duda, una morada poderosa! Platón habló de esta morada desde su propia experiencia, como lo hicieron Hermes y los grandes sabios persas.

Sohrawardi, Hekmat al-eshrāq

(citado en Walbridge 2.000, p. 48)

Ningún sacerdocio de la antigüedad fue más famoso que el de los Magos. Fueron renombrados como seguidores de Zarathustra (Zoroastro) y como maestros de algunos de los más grandes pensadores griegos (Pitágoras, Demócrito, Platón).

G. Gnoli, The Encyclopedia of Religion, Vol. IX, p. 80.

Cuando investigamos la cadena que conduce de Zoroastro a Platón, incluso al tratar de ir más allá de las fuentes doctrinales hacia las más puramente místicas, caemos en categorizaciones basadas en información inadecuada. Pero, como lo demuestran las citas que encabezan el artículo, es evidente el vínculo místico entre Platón (429-347 a. C.) y Zoroastro (618-540 a. C.) que aparece en diversas fuentes.

La principal de ellas se debe a la intención de Sohrawardi (m. 1.191) de fusionar filosofía y espiritualidad, y a su interés por y su identificación con lo que él llamaba sabiduría antigua (hekmat al-‘atiq). En este contexto debe considerarse su intento de tender un puente entre el Islam y las filosofías pre-islámicas del hermetismo, el pitagorismo, y el neo-platonismo y, en particular, entre el Islam y la teosofía de los antiguos persas. Ningún persa antes de Sohrawardi se había sentido nunca motivado a hacer público el linaje místico de los sabios iranios antiguos. Sin duda, la herencia zoroastriana, transmitida durante siglos, nunca experimentó una renovación comparable a la de la restauración sohrawardiana.

La esencia de la enseñanza unitaria de Zoroastro se había perdido en el plano exotérico, y solamente se había preservado en el esotérico, para emerger dentro del Islam bajo la forma del sufismo, que fue su exteriorización más perfecta jamás alcanzada.

Las personas que Sohrawardi menciona como los “héroes extáticos de esta ‘teosofía oriental’ de la Luz son Platón, Hermes, Kay-Josrow, Zoroastro y Mohammad. Reuniendo a Platón y Zoroastro, Sohrawardi expresa un propósito característico de la filosofía irania del siglo doce”, (Corbin, 1.969, p. 20), el de trazar el árbol genealógico de los Eshrāqiyun (los iluminados, los seguidores de la Luz) a partir de Hermes, considerado el predecesor de los sabios de Grecia y de Persia. Sohrawardi distingue a los que selecciona como filósofos intuitivos, distinguiéndolos de los racionalistas, y cita entre ellos a Empedocles, Pitágoras, Sócrates y Platón en sucesión directa.

El Zoroastro del que estamos tratando aquí es claramente no sólo el fundador de una religión en el sentido doctrinal, sino el iniciador de una cadena mística de transmisión espiritual.

Borchert describe el contexto en el que Zoroastro se podría considerar como tal, diciendo: “El conflicto entre Zoroastro y los demás sacerdotes indica que fue un místico que había sido sorprendido por sus experiencias (visionarias). Un mensajero de Dios se presentó ante él y le condujo hacia el Altísimo, una Luz por la que vio la verdadera estructura de las cosas.” (Borchert, 1.994, p. 124)

Zoroastro describe así su experiencia:

¡Oh Mazda! Cuando a través de la Manah [Inteligencia, Conocimiento][1] te conocí, y cuando te ví con los ojos [de mi corazón], te descubrí como el Principio y el Fin de todo lo existente, como la Fuente de Vohu Manah (Inteligencia Buena Perfecta)[2], como el verdadero Creador de Asha (Verdad y Pureza), como Señor y Juez de todos los actos del hombre. (Ys. 31.8)

Ahora, en verdad, Le contemplo claramente con el ojo [de mi corazón]. Ahora, bajo la luz de Asha, con nobles pensamientos, palabras y actos, llego a conocer a Mazda Ahura, y en Su sagrada Presencia le ofrezco mis himnos. (Ys. 45.8)


Borchert desarrolla esto diciendo: “El misticismo de Zoroastro es notablemente fresco y original porque su experiencia personal encendió su amor por el Altísimo y le dio un intenso anhelo por un estado de existencia más allá del nuestro terrenal, ‘el puente que aún nos separa de Ti’.” (Borchert, 1.994, p.97)

Borchert afirma también: “Platón estuvo también influido por las enseñanzas de Zoroastro. Es probable que le deba la noción de que la fuente de todo es el ‘Uno Bueno’ y que el mal está ocultado por Él, que el mal es un fenómeno periférico, igual que la oscuridad rodea la luz en los lugares donde la luz no penetra. Cuanto más completamente se realizan las Ideas (en el sentido de Platón) durante la creación del Cosmos y descienden (por así decirlo) en la materia concreta, más plenamente quedan manifestadas. En este sentido, bien y mal están conectados con lo más alto y lo más bajo.” (Borchert, 1.994, p. 124)

“El credo de Zoroastro era un monoteísmo puro con una ética elevada. Ahura Mazda, el Dios verdadero y uno, requería del hombre, fundamentalmente, no un servicio ritual sino pureza de vida, rectitud y nobles pensamientos. Como Dios de bondad perfecta, no era responsable del mal en el mundo. La salvación residía enteramente en una estricta vida moral, no en huir de la vida o en una resurrección ritual. Como todas las religiones elevadas, el zoroastrismo (realmente el mazdeísmo) llegó a ser radicalmente diferente de las enseñanzas de su fundador.” (Muller, 1.958,pp. 130-131). Zoroastro resumió la práctica de la virtud de la forma más simple y radical: humata, hukhta, hvarshta, nobles pensamientos, nobles palabras, nobles acciones.

Oh Señor Dios, Ahura Mazda, de todos mis pecados me arrepiento y me aparto. De cada mal pensamiento, mala palabra y mala acción que en este mundo pueda haber concebido, proferido o cometido, que hayan procedido de mí, o se hayan originado a través de mí, de todos aquellos pecados de pensamiento, palabra y obra, pertenecientes a mi cuerpo o alma, pertenecientes a este mundo o al mundo espiritual, ¡oh Señor!, con sincera contrición me arrepiento con una triple renuncia. (Plegaria avéstica)

El alma del místico se esfuerza, como Zoroastro le ha instado, en adherirse a las virtudes conectadas con las cualidades inmortales de lo Divino. Cuando el alma enfoca en ellas su atención, es atraída hacia arriba, hacia Dios, hacia Ahura Mazda, mientras que cuando se preocupa de ella misma, cae presa del Druŷ, la “Mentira”, que la lleva a su destrucción.

Pero ocurre que cuando el alma aspirante (urwan) adopta los apoyos zoroastrianos de los nobles pensamientos y de la fe verdadera, se vuelve inmune a la fuerza destructiva del Druŷ, de quien solamente es presa el ego centrado en sí mismo, y es entonces capaz de conectarse a su ratu (naturaleza más elevada) eterna, en términos mazdeístas, o a su Forma transcendente, en términos platónicos. Conducida por la energía apasionada del amor, deja de ser ella misma y se hace una con lo Divino, teniendo así lugar la Unión Divina de la que hablan los místicos.

El punto de vista de que la fuerza negativa del Druŷ está activa como antagonista solamente en un plano de existencia inferior, concuerda con la interpretación de Hackforth del Fedón de Platón (Platón, 1.972). Esto significa que el alma, ayudada por su piedad e impulsada por el amor, se eleva por encima del plano material, más allá del alcance del poder destructivo del Druŷ.

Ahura Mazda como fuente del amor y de este impulso se reconoce en la siguiente pregunta retórica de los Gāthā:

“Oh Ahura, ¿quién creó la santa Piedad (Spenta Armaiti) y la Energía Creativa (shahryāri-ye Minawi). (Ys. 44:7)

Gnoli interpreta la concepción de Zoroastro de los Amesha Spentas, los Atributos inmortales de la Divinidad, afirmando: “En esta experiencia, Zoroastro asume las virtudes y los poderes divinos durante un estado de éxtasis.” (Gnoli, 1.995, p. 583). Su visión, en esta ocasión, podría llamarse “teofanía de los Atributos Divinos” (taŷalli-ye sefāti) en terminología sufí, a la que la obra anónima El espejo de los enamorados (Merāt al-oshāq) describe como “el desvelamiento de la Esencia en el nivel de los siete Atributos de la Esencia” (citado en Nurbakhsh, 1.993, Sufi Symbolism, VII, p. 45). Los sufíes afirman también que un místico desposeído de su “yo” puede ser llenado completamente por la Deidad en forma de un determinado Atributo, llegando a estar, como Gnoli dice de Zoroastro en su visión, “identificado con el espíritu benéfico” (Gnoli, ibíd.). Esto es equivalente a la “realización de los Nombres Divinos” de los sufíes. (Nurbakhsh, 1.993, Sufi Symbolism, VII, pp. 97-138)

Como dijo Zoroastro:

Los iluminados por la santa Piedad, adquiriendo la Vohu Manah (Inteligencia Buena Perfecta), llegan a ser como Tú, ¡oh Mazda! (Ys. 48:3)

Parte del problema es que los místicos no consideran la palabra hablada o escrita como un medio adecuado de comunicación, pues se dedican a un conocimiento puramente místico por medio de lo que los griegos llaman nous, los antiguos persas manah y los sufíes “corazón”, términos todos ellos que indican un órgano de entendimiento no localizado físicamente en el cuerpo.

Esto es fácil de entender puesto que el hilo sutil del amor siempre se transmitió de forma confidencial, pero fue necesario el pensamiento creador de Sócrates y de Platón para revelar la potencia y el tinte emocional del amor, en lugar de su expresión simbólica, mediante un vocabulario que abarcara su realidad sempiterna, lenguaje que, en adelante, usarían los místicos occidentales. Platón fue el primero en crear y usar en sus escritos el vocabulario que emplearían los místicos de Eurasia desde entonces hasta nuestros días. De hecho, las ideas de los griegos antiguos expresaron algo tan evidentemente verdadero que tuvieron gran influencia sobre las generaciones posteriores y que facilitaron una terminología y unas herramientas conceptuales con las que las tradiciones monoteístas refinaron y articularon su comprensión del hombre y de Dios.

Es posible que Platón estuviera tan sólo siguiendo los pasos de Diotima de Mantinea, retransmitidos por Sócrates, y que fuera realmente ella quien articulara el concepto por primera vez. En este caso, él hubiera sido un mero eslabón en la antigua senda, desde el punto de vista de la transmisión espiritual.

Las enseñanzas de Diotima están muy bien resumidas por Freke y Gandy: “Casi todo el mundo ha experimentado el poder unificador del amor. Los enamorados se pierden a sí mismos en su amor el uno por el otro. En el amor físico, dos cuerpos se vuelven uno. Los límites del yo individual se disuelven y entramos en la beatitud de la unión. Sócrates, relatando las enseñanzas de su mentora, la profetisa Diotima, dice que tal amor por otra persona es un camino hacia el Amor mismo, que puede conducir de lo particular a lo universal.” (Freke y Gandy, 1.997, p. 143)

Esta suerte de “ensanchamiento” emocional hacia lo universal se debe a la fuerza de atracción del amor como eros, el amor apasionado, llamado ‘eshq en la terminología sufí. Es este un concepto que con toda evidencia proviene de la senda del Jorāsān[3] (llamada por Sohrawardi la senda de Josrow en honor del semilegendario sabio iranio de la antigüedad, Key Josrow) y se ha injertado tanto en la cultura griega como en la islámica, en sus correspondientes momentos históricos. El amor erótico por lo Divino por parte del místico, que anhela la realidad supraindividual en el plano transcendente, es un asunto que se discute en el Banquete de Platón y en otros de sus diálogos.

Nos encontramos con Diotima por primera vez en el Banquete, en el que Sócrates declara su ignorancia en un asunto sobre el que ella le está preguntando y se disculpa por su incapacidad de responder, confesando: “Si supiera responder, Diotima, no sentiría tanta admiración por tu sabiduría ni acudiría a ti, precisamente, para aprender esto” (Platón, 1.952, p. 86). Más adelante en el diálogo, la encontramos desafiando a Sócrates después de que éste hubiera sido incapaz de responder a algunas cuestiones que habían surgido: “¿Cómo puedes esperar llegar a ser un experto en el asunto del amor si no tienes idea alguna al respecto?”, a lo que él replica: “Ya te dije antes, Diotima, que por eso precisamente he venido a ti; sé que necesito un maestro” (ibíd., p. 88). Lo interesante aquí es que nada sabemos de su genealogía espiritual, que podría haber sido, en cualquier caso, de origen órfico-pitagórica.

Tras una larga disquisición sobre el amor, en la que rebate todo cuanto Fedro ha afirmado, Sócrates se vuelve blandamente hacia éste y le dice: “Bien, mi querido Fedro, ¿no te parece, como me parece a mí, que estoy inspirado?” Cuando asiente su confundido interlocutor, añade Sócrates: “Escúchame, entonces, en silencio, pues ciertamente el lugar parece lleno de una presencia divina; y no te sorprendas, pues, si a menudo parezco entrar en trance según transcurre mi discurso.” (Platón, 1.977, p. 447). Con este episodio, Platón revela la prudente técnica del maestro místico, especialmente cuando está a punto de revelar secretos desde su posición de autoridad, y que es la de no reclamar autoridad alguna para sí mismo, sino atribuir a la Divinidad las revelaciones que salen de su boca.

El discurso de Sócrates sobre el amor se desarrolla hasta el punto culminante en que afirma que “el cariño del enamorado no es cuestión de buena voluntad, sino de la apetencia que desea satisfacer” (ibíd., p. 457). En este sentido el amor es la fuerza que cohesiona el universo, y el principio de su movimiento, común a todas las formas de la creación y la contingencia. Pero su forma suprema, que nos presenta Diotima, es el amor de Dios por el hombre y del hombre por lo Divino.

El acto de Dios de auto-revelación mediante profetas sucesivos, debe satisfacer dos necesidades del hombre como son, por una parte, alcanzar a contemplar y comprender las “formas” divinas y, por otra, amarlas y anhelarlas. El propósito primordial de Dios, y los valores que establece, deben constituir los objetos supremos del conocimiento y del deseo humanos, y demandan un principio mediador que conduzca a este destino. Con esto se quiere decir que debe introducirse en el ser humano una muestra de los atributos divinos de perfección para que lleguen a ser objeto de contemplación, entendimiento y amor. Y esta es la esencia de lo que Diotima trataba de exponer a Sócrates, y lo último que se comentó en el Banquete celebrado en el 416 a.C.

Zoroastro sólo da un rápido esbozo de un proceso cuya dinámica Sócrates, en Fedro, analiza con más detalle: aquello que experimenta el creyente en su condición de “enamorado”, según sus términos, que son también, de hecho, los de los sufíes, y, por extensión, los de los maestros de la senda del Jorāsān. Trata, de hecho, de definir la fuerza conductora del amor como eros que actúa sobre la consciencia del creyente, como fue claramente inculcado por los maestros de la tradición zoroastriana, y tal como se deja sentir en otras tradiciones.

Este es el camino correcto para introducirse o ser iniciado en los misterios del amor: empezar con ejemplos de la belleza en este mundo y usarlos como peldaños para ascender continuamente, con esta belleza absoluta como objetivo, desde una muestra de belleza física a dos y de dos a todas; luego, de la belleza física a la belleza moral y de la belleza moral a la belleza del conocimiento, hasta que, desde un conocimiento de varias clases, se llegue al conocimiento supremo cuyo solo objeto es esta belleza absoluta, y conocer al fin lo que esta belleza absoluta es. Por encima de cualquier otro, éste es, mi querido Sócrates, el tema al que debería dedicar su vida el hombre, la contemplación de esta belleza absoluta. (Platón, 1.952, p. 94)

Al ser la más accesible de las Formas, visible en parte incluso por el ojo físico, la Belleza abre el conocimiento humano a la existencia de otras Formas, y atrae al filósofo hacia la visión beatífica y el conocimiento de la Verdad y del Bien. Lo que aquí se sugiere es que la visión filosófica más elevada sólo es posible para alguien con temperamento de enamorado. El filósofo debe permitir que le cautive interiormente la forma más sublime del Eros, esa pasión universal por restablecer una unidad primigenia, para superar la separación de lo divino y llegar a ser uno con ello. Para Platón, pues, la realidad última es no sólo de naturaleza ética y racional, sino también estética. El Bien, la Verdad y la Belleza están efectivamente unidos en el principio creativo supremo, que dirige a la vez la afirmación moral, la lealtad intelectual y la entrega estética. (Tarnas, 1.991, p. 41)

El diálogo anterior describe la dinámica del progreso del caminante de la senda del amor (entendida muchas veces por los griegos como “religiones mistéricas”). No se trata de amor físico, ni de amor intelectual. Se trata del amor divino, la senda interior a la que fueron los griegos los primeros, pese a tener esta senda seguidores en muchos lugares del mundo de influencia persa, en dar expresión escrita, debido a su propensión al análisis y la descripción.

Después de proporcionar este informe sobre la concepción del amor, que le había facilitado Diotima, Sócrates concluye diciendo: “Esto es, Fedro y demás amigos míos, lo que dice Diotima y lo que yo creo; y porque lo creo trato de persuadir a otros de que en la adquisición de esta bendición, la naturaleza humana no puede encontrar mejor ayudante que el Amor” (Platón, 1.977, p. 95). La enseñanza de Diotima era esencialmente la misma que exponen los sufíes, a saber, que el amor figurativo (‘eshq-e maŷāzi, en términos sufíes) es un precursor vital del amor Verdadero (‘eshq-e haqiqi).

El enamorado que permite con éxito que el amor le lleve al reino empíreo de los Atributos Divinos sufíes, las Formas platónicas, los Amesha Spentas de Zoroastro, se une a quienes, según Sócrates, “son llamados inmortales”, aquellos que, en términos sufíes, han conseguido aniquilar las ataduras con su ego. Cuando alcanzan esta morada, dice Sócrates, “alcanzan la cima, pasan más allá” del reino de la cognición convencional, allí donde “la esencia verdaderamente existente, sin colores ni formas, e intangible, de la cual depende todo conocimiento verdadero, ocupa esta región y es visible solamente para el nous (Mente espiritual), el piloto del alma.” (Platón, 1.977 pp. 475 y 477)

Es más, este aspecto más elevado del alma que está conectado al reino Divino, lo toma claramente Platón de las enseñanzas de Zoroastro, al afirmar el maestro griego: “Debemos pensar en la parte de mayor autoridad de nuestra alma como en un espíritu guardián dado por Dios, que nos eleva de la tierra hacia nuestro hogar en el cielo” (citado en Freke y Gandy, 1.998, p. 67). Este aspecto sublime del alma lo llaman farawashi los mazdeístas, frente al rawān; y para los sufíes es el alma más elevada o “espíritu” (ruh), frente al nafs, “el alma inferior”, el alma carnal. Esta es la facultad divina por la que el alma humana puede descubrir tanto su propia esencia como el significado del mundo. Esta facultad requiere sólo despertar, pues reside en potencia tanto en el humilde como en el grande.

En la Apología de Sócrates de Platón, Sócrates admite ante el jurado que el Oráculo de Delfos le había atribuido “sabiduría” y lo había considerado el más sabio de los hombres. La naturaleza de la “sabiduría” que Sócrates afirmaba poseer era una revelación de una “Mente” creadora, diferente por consiguiente en esencia, fuente y substancia, verdaderamente más allá de la sabiduría humana, de una naturaleza sobrenatural que domina el pensamiento y el entendimiento humanos. Esta noción es absolutamente extraña al pensamiento ateniense dominante.

Sócrates revela aquí secretos de la experiencia mística para aquellos que tengan oídos para oír. Aun cuando uno no pueda ver la Esencia real, cosa que los sufíes no dejan de señalar, puede contemplar, a través de la revelación visionaria (en términos sufíes moshāhadah), los Atributos y Nombres Divinos, o, en términos zoroastrianos, los Amesha Spentas, como manifestaciones de la Deidad.

El profeta del antiguo Irán inició un nuevo capítulo de profundas consecuencias espirituales para la humanidad, como hemos demostrado aquí, y su influencia no se detuvo en el Helesponto. La proeza militar de los Aqueménidas concluyó, pero el mensaje espiritual habría de ir más allá. Permeó el norte de Grecia casi hasta las fronteras del Ática, ganando pacíficamente adherentes mediante el poder de convicción de sus valores culturales y de su universalismo. Zoroastro fue el primero en formular doctrinas que, con el paso del tiempo, llegaron a ser artículos de fe en otras religiones: la inmortalidad del alma y el juicio de ésta por Dios tras la muerte, el cielo y el infierno, la resurrección del cuerpo y el juicio final. Es bastante probable que la iluminación irradiada por Zoroastro generase las luces atribuidas a la Edad de Pericles en Atenas. Estas luces no tuvieron un origen secular, no fueron producto del hombre. Fueron el resultado de la revelación divina.

Referencias

—Borchert, B. 1.994, Mysticism: Its History and Challenge, York Beach, Me. EEUU: Weiser.

—Corbin, H. 1.969, Creative Imagination in tbe Sufism of Ibn ‘Arabi, Princeton U. Press, N.J., EEUU.

—Corbin, H. 1.971, En Islam Iranien: Aspects Spirituels et Philosophiques, 4 vols., París, Francia, Gallimard.

—Freke,T. y Gandy, P., 1.997, The Complete Guide to World Mysticism, Londres, RU, Piatkus.

—Gnoli, G. 1.995, `Magi` trad., R. DeGaris. En Encyclopedia of Religion, Vol. IX. Ed. M. Eliade. MacMillan Library. Nueva York, EEUU, Simon and Schuster

—Muller, H. 1.958, The Loom of History, N. Y., EEUU, Mentor.

—Nurbakhsh, J. 1.998, Pirān-e Balj, Teherán, Irán, Khanaqahi Nimatullahi (en Persa).

—Platón, 1.964, Alcibiades I, trad. W.R.M. Lamb, Loeb Classical Library. Cambridge, Mass., EEUU: Harvard U. Press y Londres, RU: Heinemann.

—Platón, 1.977, Phaedo, trad. H.N. Fowler, Loeb Classical Library. Cambridge, Mass., EEUU: Harvard U. Press y Londres, RU: Heinemann.

—Platón, 1.977, Phaedrus, (ver nota anterior)

—Platón, 1.972, Phaedo, trad. y ed. R. Hackforth, Cambridge, RU, Cambridge U. Press.

—Platón, 1.952, The Symposium, trad. W. Hamilton, Penguin Classics. Londres, RU, Penguin.

—Pur-Dawud, 1.975 (1.927), Gatha: Surudha-yi Zartusht, Avesta Collection, Pur-Dawud Series Nº 1.774, trad. y ed. Pur-Dawud Series ed. B. Farah-washi. Teherán, Irán: U. of Tehran Press, Nº 1.480 (en avéstico con traducción al persa moderno).

—Tarnas, Richard 1991, The Passion of the Western Mind, Ballantine Books, NYC.

FUENTE: http://www.nematollahi.org/revistasufi/leertex.php?articulo=76

domingo 13 de mayo de 2007

El esoterismo islámico (Sheik Abd el-Wahid Yahia, René Guénon)



De todas las doctrinas Tradicionales, la doctrina islámica es quizás aquella donde está marcada más netamente la distinción de dos partes complementarias la una de la otra, que uno puede designar como el exoterismo y el esoterismo. Son, siguiendo la terminología árabe, es-shariyah, es decir, literalmente la «gran ruta», común a todos, y el-haqîqah, es decir, la «verdad» interior, reservada a una elite, no en virtud de una decisión más o menos arbitraria, sino por la naturaleza misma de las cosas, porque no todos poseen las aptitudes o las «cualificaciones» requeridas para llegar a su conocimiento. Se las compara frecuentemente, para expresar su carácter respectivamente «exterior» e «interior», a la «corteza» y al «núcleo» (el-qishr wa el-lobb), o también a la circunferencia y a su centro. La shariyah comprende todo lo que el lenguaje occidental designaría como propiamente «religioso», y concretamente todo el lado social y legislativo que, en el islam, se integra esencialmente en la religión; se podría decir que la shariyah es ante todo una regla de acción, mientras que la haqîqah es conocimiento puro; pero debe entenderse bien que es este conocimiento el que da a la shariyah misma su sentido superior y profundo y su verdadera razón de ser, de suerte que, si bien todos los que participan en la Tradición no son conscientes de ello, la haqîqah es verdaderamente el principio de la misma, como el centro lo es de la circunferencia.Pero esto no es todo: Puede decirse que el esoterismo comprende no solo la haqîqah, sino también los medios destinados a llegar a ella; y el conjunto de estos medios se llama tarîqah, «vía» o «sendero» que conduce de la shariyah hasta la haqîqah. Si nos representamos la imagen simbólica de la circunferencia, la tarîqah será representada por el radio que va de ésta al centro; y vemos entonces esto: A cada punto de la circunferencia corresponde un radio, y todos los radios, que son también en multitud indefinida, finalizan igualmente en el centro. Puede decirse que estos radios son otros tantos turuq adaptados a los seres que están «situados» en los diferentes puntos de la circunferencia, según la diversidad de sus naturalezas individuales; es por lo que se dice que «las vías hacia Dios son tan numerosas como las almas de los hombres» (et-tu-ruqu ila ‘Llahi Ka-nufûsi bani Adam); así, las «vías» son múltiples, y tanto más diferentes entre ellas cuanto que se las considere más cerca del punto de partida sobre la circunferencia, pero la meta es una, ya que no hay más que un solo centro y una sola verdad. En todo rigor, las diferencias iniciales se desvanecen con la «individualidad» misma (el-inniyah, de ana, «yo»), es decir, cuando son alcanzados los estados superiores del ser y cuando los atributos (çifât) de el-abd, o de la criatura, que no son propiamente más que limitaciones, desaparecen (el-fanâ o la «extinción») para no dejar subsistir más que los de Allah (el-baqâ o la «permanencia»), siendo el ser identificado a éstos en su «personalidad» o en su «esencia» (edh-dhât).El esoterismo, considerado así como comprendiendo a la vez tarîqah y haqîqah, en tanto que medios y fin, es designado en árabe por el término general et-taçawwuf, que uno no puede traducir exactamente más que por «iniciación»; volveremos por lo demás sobre este punto después. Los occidentales han forjado el término «çufismo» para designar especialmente al esoterismo islámico (cuando es que taçawwuf puede aplicarse a toda doctrina esotérica e iniciática, en cualquier forma Tradicional a que la misma pertenezca); pero este término, además de que no es más que una denominación enteramente convencional, presenta un inconveniente bastante enojoso: Es que su terminación evoca así inevitablemente la idea de una doctrina propia a una escuela particular, cuando es que nada hay de tal en realidad, y cuando es que las escuelas no son aquí más que turuq, es decir, en suma, métodos diversos, sin que pueda haber ahí en el fondo ninguna diferencia doctrinal, ya que «la doctrina de la Unidad es única» (et-tawhîdu wâhidun). Por lo que es de la desviación de estas designaciones, las mismas vienen evidentemente del término çûfî; pero, al respecto de éste, hay lugar primeramente a precisar esto: Es que nadie puede decirse jamás çûfî, si ello no es por pura ignorancia, ya que prueba por ahí mismo que no lo es realmente, siendo esta cualidad necesariamente un «secreto» (sirr) entre el verdadero çûfî y Allah; uno puede solamente decirse mutaçcawwuf, término que se aplica a quienquiera que entra en la «vía» iniciática, y ello, a cualquier grado que haya llegado, pero el çûfî, en el verdadero sentido de esta palabra, es solamente aquel que ha alcanzado el grado supremo. Se ha pretendido asignar a la palabra çûfî orígenes muy diversos; pero esa cuestión, bajo el punto de vista en que uno se coloca lo más habitualmente, es sin duda insoluble: Diríamos de muy buena gana que la palabra en cuestión tiene demasiadas etimologías supuestas, y ni más ni menos plausibles las unas que las otras, como para tener alguna verdaderamente; en realidad, es menester ver ahí antes una denominación puramente simbólica, una especie de «cifra», si se quiere, que, como tal, no tiene necesidad de tener una derivación lingüística propiamente hablando; y este caso no es por lo demás único, sino que se los podría encontrar comparables en otras Tradiciones. En cuando a las así dichas etimologías, no son en el fondo más que similitudes fonéticas, que, por lo demás, según las leyes de un cierto simbolismo, corresponden efectivamente a relaciones entre diversas ideas que vienen a agruparse así más o menos accesoriamente alrededor del término en cuestión; pero aquí, siendo dado el carácter de la lengua árabe (carácter que le es por otra parte común con la lengua hebraica), el sentido primero y fundamental debe ser dado por los números; y, de hecho, lo que hay de particularmente sobresaliente, es que por la adición de los valores numéricos de las letras de las que está formada, la palabra çûfî tiene el mismo número que El-Hekmah el-ilahiyah, es decir, «la Sabiduría Divina». El çûfî verdadero es pues el que posee esa Sabiduría, o, en otros términos, es el-ârif bi’ Llah, es decir, «el que conoce por Dios», ya que Él no puede ser conocido más que por Él mismo; y es éste efectivamente el grado supremo y «total» en el conocimiento de la haqîqah[2].De todo lo que precede, podemos extraer algunas consecuencia importantes, y en primer lugar la de que el «çufismo» en punto ninguno es algo «sobreañadido» a la doctrina islámica, algo que hubiera venido a agregarse a la misma a destiempo y desde el exterior, sino que es al contrario una parte esencial de esa doctrina, puesto que, sin él, sería manifiestamente incompleta, e incluso incompleta por lo alto, es decir, en cuando a su principio mismo. La suposición enteramente gratuita de un origen extranjero, griego, persa o hindú, es por lo demás contradicha formalmente por el hecho de que los medios de expresión propios al esoterismo islámico están estrechamente ligados a la constitución misma de la lengua árabe; y si hay incontestablemente similitudes con las doctrinas del mismo orden que existen en otras partes, las mismas se explican de modo muy natural y sin que haya necesidad de recurrir a «préstamos» hipotéticos, pues, siendo una la verdad, todas las doctrinas Tradicionales son necesariamente idénticas en su esencia cualesquiera que sea la diversidad de las formas de que se revistan. Poco importa, por lo demás, en cuanto a esta cuestión de los orígenes que el término çûfî mismo y sus derivados (taçawwuf, mu-taçawwuf) hayan existido en la lengua desde el comienzo, o que no hayan aparecido sino en una época más o menos tardía, lo que es un gran tema de discusión entre los historiadores; ello puede bien haber existido antes que la palabra, sea bajo otra designación, sea incluso sin que se haya hecho sentir la necesidad de darle alguna. En todo caso, y esto debe bastar para zanjar la cuestión para cualquiera que no considere simplemente «lo exterior», la Tradición indica expresamente que el esoterismo, tanto como el exoterismo, procede directamente de la enseñanza misma del Profeta, y, de hecho, toda tarîqah auténtica y regular posee una silsilah o «cadena» de transmisión iniciática que se remonta siempre en definitiva a éste a través de un mayor o menor número de intermediarios. Incluso si, después, algunas turuq han «tomado en préstamo» realmente, y valdría más decir «adaptado», algunos detalles de sus métodos particulares (aunque, aquí todavía, las similitudes pueden también explicarse por la posesión de los mismos conocimientos, concretamente en lo que concierne a la «ciencia del ritmo» en sus diferentes ramas), eso no tiene más que una importancia bien secundaria y en nada afecta a lo esencial. La verdad es que el «çûfîsmo» es árabe como el Corán mismo, en el cual tiene sus principios directos; pero todavía es menester, para encontrarlos, que el Corán sea comprendido e interpretado según los haqaiq que constituyen el sentido profundo del mismo, y no solo por los simples procedimientos lingüísticos, lógicos y teológicos de los ulamâ ez-zâhir (literalmente «sabios de lo exterior») o doctores de la shariyah, cuya competencia no se extiende más que al dominio exotérico. Se trata ahí efectivamente, de dos dominios netamente diferentes, y es por eso por lo que jamás puede haber entre ellos ni contradicción ni conflicto real; es por lo demás evidente que de ninguna manera se podría oponer el exoterismo y el esoterismo, puesto que el segundo toma antes al contrario su base y su punto de apoyo necesario en el primero, y dado que no son más que los dos aspectos o las dos caras de una sola y misma doctrina.Seguidamente debemos hacer observar que, contrariamente a una opinión muy difundida actualmente entre los occidentales, el esoterismo islámico no tiene nada en común con el «misticismo»; las razones de ello son fáciles de comprender por todo lo que hemos expuesto hasta aquí. En primer lugar, el misticismo parece ser en realidad algo enteramente especial al cristianismo, y no es sino por asimilaciones erróneas que se puede pretender encontrar en otras partes equivalentes más o menos exactos del mismo; algunas semejanzas exteriores, en el empleo de ciertas expresiones, están sin dudad en el origen de esta equivocación, pero de ningún modo podrían justificarla en presencia de diferencias que recaen sobre todo lo esencial. El misticismo pertenece entero, por definición misma, al dominio religioso, pues depende pura y simplemente del exoterismo; y, además, la meta hacia la cual tiene está seguramente lejos de ser de orden del conocimiento puro. Por otra parte, el místico, teniendo una actitud «pasiva» y limitándose por consecuencia a recibir lo que viene a él en cierto modo espontáneamente y sin ninguna iniciativa de su parte, no podría tener método; no puede pues haber tarîqah mística, y una tal cosa no es ni siquiera concebible, ya que es contradictoria en su mismo fondo. Además, el místico, siendo siempre un aislado, y eso por el hecho mismo del carácter «pasivo» de su «realización», no tiene ni sheikh o «maestro espiritual» (lo que, bien entendido, no tiene nada en absoluto en común con un «director de consciencia» en el sentido religioso), ni silsilah o «cadena» por la cual le sería transmitida una «influencia espiritual» (empleamos esta expresión para traducir tan exactamente como es posible la significación del término árabe barakah), siendo por lo demás la segunda de estas dos cosas una consecuencia inmediata de la primera. La transmisión regular de la «influencia espiritual» es lo que caracteriza esencialmente a la «iniciación», e incluso lo que la constituye propiamente, y es por lo que hemos empleado este término más atrás para traducir taçawwuf; el esoterismo islámico, como todo verdadero esoterismo, es «iniciático» y no puede ser otra cosa; y, sin entrar siquiera en la cuestión de la diferencia de las metas, diferencia que se resulta por otra parte de la misma de los dominios a que se refieren, podemos decir que la «vía mística» y la «vía iniciática» son radicalmente incompatibles en razón de sus caracteres respectivos. ¿Sería menester añadir todavía que no hay en árabe ningún término por el cual pueda traducirse siquiera aproximadamente el de «misticismo», de tal modo que la idea que este expresa representa algo completamente extraño a la Tradición islámica?La doctrina iniciática es, en su esencia, puramente metafísica en el sentido verdadero y original de este término; pero, en el islam como en las demás formas Tradicionales, conlleva además, a título de aplicaciones más o menos directas a diversos dominios contingentes, todo un conjunto complejo de «ciencias Tradicionales»; y estando estas ciencias como suspendidas de los principios metafísicos de los que dependen y derivan enteramente, y extrayendo por otra parte de ese vinculamiento y de las «transposiciones» que el mismo permite todo su valor real, son por ahí, si bien que a un rango secundario y subordinado, parte integrante de la doctrina misma y en punto ninguno añadiduras o agregados más o menos artificiales y superfluos. Hay algo ahí que parece particularmente difícil de comprender para los occidentales, sin duda porque no pueden encontrar entre ellos ningún punto de comparación a este respecto; hubo sin embargo ciencias análogas en occidente, en la Antigüedad y en la Edad Media, pero son ya cosas enteramente olvidadas de los modernos, quienes ignoran la verdadera naturaleza de las ciencias en cuestión y con frecuencia ni tan siquiera conciben su existencia; y, muy especialmente, los que confunden el esoterismo con el misticismo no saben cuáles pueden ser las funciones y el lugar de esas ciencias, que, evidentemente, representan conocimientos tan alejados como es posible de lo que pueden ser las preocupaciones de un místico, y cuya incorporación al «çûfîsmo», por consiguiente, constituye para ellos un indescifrable enigma. Tal es la ciencia de los números y de las letras, de la que hemos indicado un ejemplo más atrás para la interpretación del término çûfî, y que no se encuentra bajo una forma comparable más que en la qabbalah hebraica, en razón de la estrecha afinidad de lenguas que sirven a la expresión de estas dos Tradiciones, lenguas de las que la ciencia en cuestión es incluso la única que puede dar la comprensión profunda. Tales son también las diversas ciencias «cosmológicas» que entran en parte en lo que se designa bajo el nombre de «hermetismo», y debemos notar a este propósito que la alquimia no es entendida en un sentido «material» más que por los ignorantes para los que el simbolismo es letra muerta, aquellos mismos que los verdaderos alquimistas de la Edad Media occidental estigmatizaban con los nombres de «sopladores» y de «quemadores de carbón», y que fueron los auténticos precursores de la química moderna, por poco halagüeño que sea para ésta un tal origen. Del mismo modo, la astrología, otra ciencia cosmológica, es en realidad muy distinta cosa que el «arte adivinatorio» o la «ciencia conjetural» que quieren ver ahí únicamente los modernos; la misma se refiere ante todo al conocimiento de las «leyes cíclicas», que juega una función importante en todas las doctrinas Tradicionales. Hay por otra parte una cierta correspondencia entre todas estas ciencias que, por el hecho de que proceden esencialmente de los mismos principios, son, bajo cierto punto de vista, como representaciones diferentes de una sola y misma cosa: Así, la astrología, la alquimia e inclusive la ciencia de las letras no hacen por así decir más que traducir las mismas verdades en las lenguas propias a diferentes órdenes de realidad, unidos entre ellos por la ley de la analogía universal, fundamento de toda correspondencia simbólica; y, en virtud de esta misma analogía, esas ciencias encuentran, por una transposición apropiada, su aplicación en el dominio del «microcosmo» tanto como en el del «macrocosmo», ya que el proceso iniciático reproduce en todas sus fases, el proceso cosmológico mismo. Es menester por lo demás, para tener la plena consciencia de todas estas correlaciones, haber llegado a un grado muy elevado de la jerarquía iniciática, grado que se designa como el «azufre rojo» (el-Kebrît el ahmar); y el que posee este grado puede, por la ciencia denominada simiâ (palabra que es menester no confundir con Kimiâ), operando algunas mutaciones sobre las letras y los números, actuar sobre los seres y las cosas que corresponden a éstos en el orden cósmico. El jafr, que, según la Tradición, debe su origen a Seyidnâ Ali mismo, es una aplicación de esas mismas ciencias a la presión de los acontecimientos futuros; y esta aplicación en la que intervienen naturalmente las «leyes cíclicas» a las cuales hacíamos alusión hace un momento, presenta, para quien sepa comprenderla e interpretarla (pues hay ahí como una especie de «criptografía», lo que no es por lo demás más de sorprender que la notación algebraica), todo el rigor de una ciencia exacta y matemática. Se podrían citar muchas otras «ciencias Tradicionales» de las que algunas parecerían quizás todavía más extrañas a los que en punto ninguno tienen el hábito de estas cosas; pero es menester limitarnos, y no podríamos insistir más sobre esto sin salir del cuatro de esta exposición en que debemos forzosamente atenernos a las generalidades.En fin, debemos añadir una última observación cuya importancia es capital para comprender bien el verdadero carácter de la doctrina iniciática: Es que éste en punto ninguno es asunto de «erudición» y no podría aprenderse de ninguna manera tampoco por la lectura de libros al modo de los conocimientos ordinarios y «profanos». Los escritos de los más grandes maestros mismos no pueden servir más que como «soportes» a la meditación; uno no deviene un punto mutaçawwuf únicamente por haberlos leído, y los mismos permanecen por lo demás con la mayor frecuencia incomprensibles a los que no están «cualificados». Es menester en efecto, ante todo, poseer ciertas disposiciones o aptitudes innatas a las cuales ningún esfuerzo podría suplir; y es menester después el vinculamiento a una silsilah regular, ya que la transmisión de la «influencia espiritual», que se obtiene por ese vinculamiento, es, como ya lo hemos dicho, la condición esencial sin la cual de modo ninguno hay iniciación, aunque no sea más que al grado más elemental. Esa transmisión, siendo adquirida de una vez por todas, debe ser el punto de partida de un trabajo puramente interior para el cual todos los medios exteriores no pueden ser nada más que ayudas y apoyos, por lo demás necesarios desde que es menester tener en cuenta la naturaleza del ser humano tal cual es de hecho; y es por ese trabajo interior solo que el ser se elevará de grado en grado, si es capaz de ello, hasta la cima de la jerarquía iniciática, hasta la «Identidad Suprema», estado absolutamente permanente de incondicionado, más allá de las limitaciones de toda existencia contingente y transitoria, que es el estado del verdadero çûfî.


Notas:

[1] Publicado en Cuadernos del Sur, 1947, pág. 153-154.[2] En una obra sobre el Taçawwuf, escrita en árabe, pero de tendencias muy modernas, a un autor sirio, que nos conoce por lo demás bastante poco como para habernos tomado por un orientalista, se le ha ocurrido dirigirnos una crítica ante todo singular; habiendo leído, no sabemos como, eç-çûfiah en lugar de çûfî (número especial de los «Cuadernos del Sur» de 1935 sobre El islam y occidente), se ha imaginado que nuestro cálculo era inexacto; ha llegado, gracias a varios errores en el valor numérico de las letras, a encontrar (esta vez como equivalente de eç-çûfî, lo que es todavía falso) el-hakîm el-ilahî, sin siquiera apercibirse de que valiendo un ye dos he, estos términos forman exactamente el mismo total que el hekmah el-ilahiyah! Sabemos bien que el abjad es ignorado por la enseñanza escolar actual, que ya no conoce más que el orden simplemente gramatical de las letras; pero, sin embargo, en alguien que tiene la pretensión de tratar estas cuestiones, una tal ignorancia rebasa los límites permitidos… Sea lo que fuere, el-hakîm el-ilahî y el ilahiyah dan efectivamente el mismo sentido en el fondo; pero la primera de estas dos expresiones tiene un carácter un poco insólito, mientras que la segunda, la que hemos indicado, es al contrario enteramente Tradicional

lunes 19 de febrero de 2007

Ibn Taymiyya y el sufismo (Sheik M. Hisham Kabbani)


Los admiradores de este jurista y maestro de hadices de la escuela Hanbali lo citan como enemigo del Sufismo, y lo han erigido como la principal autoridad en la campaña de los "Salafis" responsables de crear el presente clima de fanatismo injustificado contra el Sufismo, así como animar a la ignorancia con respecto al mismo. No obstante, Ibn Taymiyya fue el mismo un Sufi.

Sin embargo, los "Salafi" tiene bastante cuidado en no mostrar nunca al Sufi Ibn Taymiyya, lo cual hubiera dificultado enormemente su construcción de hombre puramente anti-Sufi.

El discurso de Ibn Taymiyya está salpicado de contradicciones y ambigüedades. Se podría decir que aunque a pesar de sus juicios sobre los Sufis, fue incapaz, sin embargo de desmentir la grandeza del Sufismo que desde siempre la Comunidad de musulmanes le ha reconocido. Así podemos ver que unas veces minusvalora el Sufismo, critica a los Sufis contemporáneos, y que al mismo tiempo presume de ser un Sufi Qadiri, a través de una línea directa sucesoria desde el Shayj 'Abd al-Qadir al-Yilani, tal como demostraremos en las líneas que siguen.


Debiera quedar claro que la razón por la que aportamos las siguientes evidencias no es que sea que consideremos a Ibn Taimiyya de ninguna manera un representante del Sufismo, bajo nuestro punto de vista no representa el Sufismo más de lo que lo representa a la 'aqida de los Ahl as-Sunna. Sin embargo analizaremos sus puntos de vista para demostrar que su mal entendimiento por parte de Orientalistas y "Salafis", como puramente enemigo del Sufismo, no resiste el menor examen. A pesar de los deseos de uno u otro grupo, los hechos prueban claramente que Ibn Taimiyya no tuvo otra elección que aceptar el Sufismo y sus principios, y que no solamente sostuvo su pertenencia al mismo, si no que además manifestó haber sido investido con el manto (jirka) de la hermandad Qadiri.


Ya hemos mencionado la admiración de Ibn Taimiyya por 'Abd al-Qadir Yilani, al cual concede el título de "mi Shayj" (shayjuna) y de "mi Maestro" (sayyidi) en su Fatawa. Las inclinaciones sufis de Ibn Taimiyya, así como su veneración por 'Abd al-Qadir Yilani, pueden verse en su comentario de cien páginas a la obra de aquel, "Futûh al-Gayb", que aunque sólo representan cinco capítulos de los setenta y ocho que componen el libro, demuestra su consideración por el Sufismo como algo esencial dentro de la vida de la comunidad Islámica.[1]


En su comentario Ibn Taimiyya recalca que la primacía de la Sahri'a constituye la tradición más auténtica dentro del Sufismo, y para sostener este de punto de vista cita más de una docena de maestros que le han precedido, así como otros contemporáneos suyo, como sus compañeros Hanbalis, al-Ansari al-Harawi y 'Abd al-Qadir, y el propio Shayj de este último Hammad ad-Dabbas. La rectitud entre los seguidores de la Senda, tal como los primeros Shayj (shuyuj as-salaf), como Fudayl ibn 'Iyad, Ibrahim ibn Adham, Ma'ruf al-Karji, as-Sari as-Saqati, al-Yunaid ibn Muhammad, y otros de los primeros sabios del Islam, así como Shayj 'Abd al-Qadir, Shayj Hammad, Shayj Abu al-Bayan y otros posteriores, como decimos, la rectitud de los mismos no permite a sus discípulos en la Senda del sufismo, apartarse de las obligaciones y prohibiciones estipuladas en la Shari'a, a pesar de que alguno de ellos hubieran podido volar por el aire o caminar sobre las aguas.[2]


En otra obra, en su "ar-Risala as-safadiyya", Ibn Taimiyya defiende a los Sufis como aquellos que pertenecen al camino de la Sunna a la cual representan en sus escritos y enseñanzas. Los grandes Shayj mencionados por Abu 'Abd ar-Rahman as-Sulami en "Tabaqat as-sufiyya", y Abu al-Qasim al-Qushayri en "ar-Risala", eran partidarios de la escuela de los Ahl as-Sunna wa al-Yama', y de la escuela de los Ahl al-Hadiz, tales como al-Fudayl ibn 'Iyad, al-Yunaid ibn Muhammad, Shal ibn 'Abd Allah at-Tustari, 'Amr ibn Quzman al-Makki, Abu 'Abd Allah Muhammad ibn Jazif ash-Shirazi, etc.; las enseñanzas de todos ellos se encuentran en la Sunna, e igualmente compusieron textos acerca de la Sunna.[3]


En su tratado acerca de la diferencia entre las formas de 'ibada acorde con la Shari'a y las formas que constituyen una innovación, titulado "Risalat al-'ibadat ash-shari'iyya wal farq baynah wa bayn al-bid'iyya" (Tratados acerca de las 'ibadas conforme a la Shari'a y su diferencia con las innovaciones) Ibn Taimiyya de forma incontestable sostiene que lo conforme a la Shari'a es el método y camino de "aquellos que siguen la vía del Sufismo", o "la vía del ascetismo (çuhd)", o de aquellos que siguen "lo que se conoce bajo el nombre de pobreza y sufismo", es decir, los fuqara y los sufíes: "lo estipulado por la Shari'a es aquello por lo que nos aproximamos hacia Allah. Es la senda de Allah. Es rectitud, obediencia, buenas acciones, generosidad, y hermosura. Es la senda de aquellos que siguen el camino del Sufismo (as-salikin), el método de aquellos que dirigen sus 'ibadas y sus intenciones hacia Él; es el camino que recorre todo aquel que desea a Allah y pone en práctica la extinción de su ego (nafs), y que recibe el nombre de pobreza y sufismo, o términos similares."[4]


En cuanto a la enseñanza de 'Abd al-Qadir de que el salik (aquel que emprende el camino espiritual) o el sufi debieran abstenerse de los deseos permitidos, Ibn Taymiyya comienza diciendo que la intención de 'Abd al-Qadir es que uno debería renunciar a aquellas cosas permitidas que no han sido ordenadas (su prohibición), porque podría haber en las mismas algo perjudicial. Pero, ¿como se establece el alcance de esto?, si el Islam es esencialmente conocimiento y actuar conforme a la Voluntad de Allah, entonces debe haber una vía para el buscador en la senda de poder determinar cual es la Voluntad de Allah en cada caso en particular. Ibn Taymiyya está de acuerdo en que el Corán y la Sunna no pueden abarcar todo acontecimiento específico y particular que pueda acontecer en la vida de todo musulmán. No obstante si el objetivo es la rendición de la voluntad ante Allah, debe haber una vía para el buscador de poder averiguar la orden de Allah en los casos particulares.

La respuesta de Ibn Taymiyya es aplicar el concepto de "Iÿtihad" al camino espiritual, y específicamente la noción de "ilham" o inspiración. En su esfuerzo por alcanzar una conjunción de voluntades, el Sufi alcanza un estado en el que no desea mas que descubrir el bien supremo, y la acción que sea más deseada y amada por Allah. Cuando lo legislado no puede dirigirle en tales asuntos, entonces confía en las nociones sufis de "ilham", o inspiración personal y de "dzawq", percepción intuitiva: "si el sufi se ha esforzado sinceramente en la aplicación de las normas de la Shari'a, y no ve una solución clara de cual deba ser su actuación en una materia determinada, entonces puede ser inspirado, en la medida de la pureza de su intención y del temor hacia Allah, y elegir la acción más correcta. Esta clase de inspiración (ilham) es una indicación concerniente a la Verdad. Puede ser una indicación o señal aún más fuerte que analogías débiles, hadices débiles, argumentos literalistas débiles (dawahir), y débiles "istishaab", empleados por muchos de aquellos que debaten acerca de los principios, diferencias, y sistematizaciones dentro del fiqh."[5]


Ibn Taymiyya basa su opinión en el principio de que Allah ha dispuesto en el ser humano una capacidad natural para la Verdad, y cuando esta capacidad natural ha sido alimentada en el campo del Iman e iluminada por la luz de la enseñanza coránica, y aún así el buscador a pesar de sus esfuerzos es incapaz de determinar una solución clara en un asunto determinado que sea acorde con la Voluntad de Allah, entonces su corazón puede mostrarle la acción correcta. Tal inspiración, sostiene Ibn Taymiyya, es una de las más fuertes autoridades posibles en la situación en cuestión. Es evidente que tal vez el buscador pueda errar, falsamente guiado por su inspiración o percepción intuitiva de la situación, de la misma manera que el muÿtahid también comete errores. Pero, dice él, incluso cuando el muÿtahid o el buscador inspirado yerren, aún en este supuesto, permanecen dentro de lo que es acorde con el Islam.


Apelar a la inspiración (ilham) o a la intuición (dzawq) no significa seguir los caprichos o las preferencias personales.[6] En su carta a Nasr al-Manbiji, califica a esta intuición como "percepción asentada en el Iman" (adz-dzawq al-imani). Su punto de vista, tal como sostiene en su comentario al Futuh, es que la experiencia de la inspiración es por naturaleza ambigua y necesita estar cualificada y cimentada por los criterios del Corán y la Sunna; no puede proveer de una certeza absoluta bajo su punto de vista, si no dotar al musulmán de una base sólida que le ayude en la elección más correcta en un caso dado, y ayudarle a conformar su voluntad en los aspectos cotidianos de la vida, a la Voluntad del Creador y Legislador.[7]


En otras obras suyas también abundan los elogios hacia las enseñanzas Sufis, por ejemplo en su obra "Al-Ihtiyay bi al-qadar", donde defiende el énfasis de los sufíes en el amor de Allah, y su acercamiento al Din del Islam basado más en la voluntad que en el intelecto como legítimo y acorde con las enseñanzas del Corán, los auténticos hadices, y con la comunidad Salaf (las tres primeras generaciones de musulmanes): "pues el énfasis de los sufíes por el amor de Allah, es más evidente en ellos que cualquier otro asunto. La base de su camino es la voluntad y el amor. La afirmación del amor de Allah es bien conocida en los discursos de los maestros sufíes, tanto en los de los antiguos como en los de los más recientes, tal como se afirma en el Corán, la Sunna y en la generación del Salaf."[8]


Ibn Taymiyya también es conocido por su condena hacia Ibn 'Arabi. Sin embargo, lo que el condenó no fue a Ibn 'Arabi si no un pequeño tratado suyo titulado "Fusus al-hikam" (Engarces de la sabiduría), que es un pequeño volumen dentro de su vasta obra. En cuanto a la obra magna de Ibn 'Arabi, titulada "Al-Futuhat al-makkiyya" (Revelaciones de la Meca), Ibn Taymiyya fue un gran admirador de este imponente trabajo, tal como pudo serlo cualquier musulmán de la época, tal como lo declara en su carta a Abu al-Fath Nasr al-Munayji (d. 709) publicada en su volumen titulado "Tawhid ar-rububiyya", de su Fatawa: "Yo fui uno de aquellos que previamente solía mantener la mejor opinión de Ibn 'Arabi, y animaba a ensalzarlo y elogiarlo por todas las cosas provechosas y benéficas que había encontrado en sus libros, como por ejemplo, al-Futuhat, al-Kanh, al-Muhkam al-marbut, ad-Durra al-fajira, Matali' an-nuyum, y otras obras más".[9]


Ibn Taymiyya continúa diciendo que cambió en sus opiniones, no a causa de algo que hubiera leído en estos libros, si no tras haber leído los Fusus.


Regresamos ahora a la afiliación evidente de Ibn Taymiyya a la orden Sufi Qadiri tal como nos es relatado por su propio estudiante Ibn 'Abd al-Hadi (d. 909) el cual nos dice que aquel recibió la investidura de la "jirka" de la autoridad de 'Abd al-Qadir al-Yilani a través de una cadena de tres shayjs. Estos no son otros que los tres Ibn Qudamas, autoridades reconocidas dentro de la escuela Hanbali de fiqh. Esta información fue hecha pública por George Makdisi en una serie de artículos publicados en los años 70.[10]


En un manuscrito de Yusuf ibn 'Abd al-Hadi al-Hanbali titulado "Bad' al 'ilqa bi labs al jirka" (Los comienzos en la investidura de la jirka), Ibn Taymiyya forma parte de un listado genealógico espiritual Sufi junto con otras autoridades de renombre dentro de la escuela Hanbali; los componentes de esta genealogía son, en orden descendiente:


- Abu 'Umar ibn Qudama (d. 607)- Muwaffaq ad-Din ibn Qudama (d. 620)- Ibn Abi 'Umar ibn Qudama (d. 682)- Ibn Taymiyya (d. 728)- Ibn Qayyim al-Jawziyya (d. 751)- Ibn Rayab (d. 795)
Tanto Abu 'Umar ibn Qudama como su hermano Muwaffaq ad-Din recibieron la "jirka" directamente del mismo 'Abd al-Qadir.


Ibn 'Abd al-Hadi se refiera a Ibn Taymiyya afirmando su afiliación sufi tanto a la orden Qadiri como a otras órdenes sufíes: "He sido investido con el manto de los Sufíes por diferentes Shayj de diferentes táriqas (labistu jirkata at-taswwuf min tiruqi yama'atin min ash-shuyuji), entre ellos el Shayj 'Abd al-Qadir al-Yili, cuya táriqa es la más grande entre las conocidas". Más adelante sigue diciendo: "La vía Sufi más grande (ayall at-turuq) es la de mi maestro (sayyidi) 'Abd al-Qadir al-Yili, que Allah esté complacido con él".[11]


Otras corroboraciones a lo anterior provienen del propio Ibn Taymiyya en uno de sus trabajos, tal como lo escribe en su "Mas-ala at-tabriziyya": "labistu al jirkata al mubarakata li Shayj 'Abd al-Qadir wa bayni wa baynahu izan": Tomé el bendito manto (jirka) de 'Abd al-Qadir, y entre él y yo había dos Shayj".[12]


De este modo tenemos que Ibn Taymiyya afirma que era un lector asiduo de los "Futuhat al-Makkiyya" de Ibn 'Arabi; que considera a 'Abd al-Qadir al-Yilani como su propio Shayj, y que incluso llegó a escribir un comentario a la obra de aquel, "Futuh al-Gayb"; y que pertenece a la orden Qadirí así como a otras órdenes sufíes, pero, ¿ que dice acerca acerca del Sufismo y de los sufíes en general?


En su ensayo titulado "As-Sufiyya wa al-fuqara'" publicado en el onceavo volumen de su obra "Maymu'a fatawa Ibn Taymiyya", dice: "El término sufi no fue bien conocido en los tres primeros siglos pero su uso ha sido bastante frecuente y conocido a partir de ese momento. Tan sólo unos cuantos Imames y Shayjs hablaban acerca del mismo, como por ejemplo, Ahmad ibn Hanbal, Abu Sulayman ad-Darani, y otros. Se dice que Sufyan az-Zawri lo utilizó, y otros sostienen que también lo utilizó Hasan al Basri".[13]


Ibn Taymiyya prosigue diciendo que el Sufismo tuvo su origen en Basra entre las generaciones posteriores a los tabi'in, porque encontró que la mayoría de los primeros sufíes eran de allí, mientras que no encuentra evidencia de su existencia en otros lugares. En este sentido se equivoca al reducir el Sufismo a un tiempo y lugar específico, cortando sus nexos de unión con el tiempo del Profeta (s.a.s.) y sus Compañeros. Este es el concepto equívoco que ha dado lugar en nuestros días a las preguntas que plantean los "Salafis" actuales tales como: ¿"Dónde se menciona el Sufismo en el Corán y en la Sunna?; la respuesta se encuentra en Ibn 'Ayiba: "El fundador del Sufismo fue el Profeta mismo (s.a.s.) a quien Allah se lo enseñó por medio de la revelación e inspiración".[14] Con el favor de Allah hemos puesto esta cita aquí para que descanse en las pruebas que se han dado en la larga exposición que hemos hecho con anterioridad.


Ibn Taymiyya continúa: "El Sufismo encierra realidades (haqa-iq) y estados espirituales (ahwal) que son mencionados por los Sufíes en su Ciencia...Algunos dicen que el Sufi es aquel que se purifica a sí mismo de todo aquello que pudiera distraerlo del recuerdo de Allah, y cuya reflexión permanece en el Ajira (la existencia tras la muerte), hasta el punto de que el oro y la piedra es lo mismo para él. Otros dicen que el Sufismo es la salvaguarda del interior del hombre frente a las pretensiones humanas de la fama, la vanidad y similares. Por tanto el significado del vocablo sufi alude al significado de la sinceridad "siddiq", o aquel que ha alcanzado la completa Realidad, porque los mejores entre los seres humanos tras los Profetas son los "siddiqin", tal como Allah dice en el aya: -Quienquiera que obedezca a Allah y su Profeta, está en la compañía de aquellos que son agraciados por Allah: los Profeta, los Sinceros, los Mártires, y los Rectos; ¡qué hermosa compañía! (4:69). Ellos consideran por tanto, que tras los Profetas no hay hombres más virtuosos que el Sufi, y el Sufi, de hecho, es una clase de hombre Sincero (siddiq) entre otras, que se entrega especialmente al ascetismo y a las prácticos de 'ibada (as-sufi huwa fi al haqiqa naw'un min as-siddiqin fahuwa as-siddiq alladzi ijtasa bi aç-çuhdi wa al 'ibada). El Sufi es "el hombre recto de la vía", de la misma manera que otros son llamados "los hombres rectos entre los 'ulama", o "los hombres rectos entre los emires"...(Aquí Ibn Taymiyya rechaza la pretensión de los Sufíes de ser los representantes de la Realidad tras los Profetas, y hace de su estatuto uno más entre muchos otros grupos de hombres rectos. Esto es consecuencia de la premisa de la que parte en considerar que el Sufismo se originó con posterioridad a la Sunna del Profeta (s.a.s.). Ya hemos mencionado que esta premisa es incorrecta. Todos los Sufíes consideran que la transmisión de su conocimiento y disciplina parte de los Compañeros, que la tomaron a su vez del mismo Profeta (s.a.s.). En este aspecto no hay diferencia entre los Sufíes y los Compañeros o los Sucesores de estos, aunque se diferencien en nombre y se le de precedencia a los Compañeros y a los Sucesores de estos de acuerdo con el hadiz del Profeta (s.a.s.).

Por tanto, Ibn Taymiyya separa arbitrariamente a los Sufíes y a los 'Ulama en dos grupos aparentemente diferentes, cuando ya hemos visto que todos los Sufíes fueron grandes 'Ulama, y que muchos de los más grandes 'Ulama fueron sufíes. Al-Yunaid ya anticipó esta división arbitraria cuando dijo: "Este conocimiento nuestro es construido en el Corán y en la Sunna". Haciendo referencia a este error, y citando a al-Yunaid, ash-Sha'arani dice en su "at-Tabaqat al kubra": "Todo auténtico Sufi es 'ulama en Shari'a, aunque lo contrario no es necesariamente cierto".[15]

"Alguna gente critica a los Sufíes y han dicho que eran innovadores y que estaban fuera de la Sunna...pero lo cierto es que ellos ejercen el "iytihad" con vista a someterse a Allah tal como otros siervos de Allah también lo han hecho. Entre ellos encontrarás a los "adelantados" del Corán (as-sabiq al-muqarrab) en virtud de su esfuerzo, mientras que otros están entre "la gente de la derecha" del Corán...y entre los que dicen pertenecer a ellos, se encuentran los que son injustos a sí mismos, rebelándose contra su Señor. Estas son las sectas de los innovadores y libre-pensadores (zindiq) que pretenden ser Sufis, aunque en opinión de los auténticos Sufis no les pertenecen, como es por ejemplo el caso de al-Hallay". (Aquí la desafortunada cita de Ibn Taymiyya es más propia de su mal entendimiento del Sufismo, que ilustrativa del punto de vista que está explicando. En realidad, tal como dijo 'Abd al-Qahir al-Baghdadi acerca de al-Hallay, "su caso (entre los sufíes) no está claro, aunque Ibn 'Ata Allah, Ibn Kazif y Abu al-Qasim an-Nasir Abadi lo consideran entre los sufíes".[16]


No obstante, ya hemos mencionado que grandes 'ulama de la propia escuela de Ibn Taymiyya rechazaron los cargos esgrimidos contra al-Hallay, y que llegaron a considerarlo como un gran sufi, como fue el caso de Ibn 'Aqil e Ibn Qudama. ¿Podría haber sucedido que Ibn Taymiyya desconociera todas estas opiniones que invalidarían su punto de vista?, o quizás, ¿fingió ignorarlas?


El Sufismo se podría clasificar en tres grandes apartados:a) Sufiyyat al-haqa-iq: los Sufíes de las Realidades, a los cuales nos estamos refiriendo en este artículo.b) Sufiyyat al-arzaq: aquellos sufíes que residen en madrasas o escuelas subvencionadas, y que no necesariamente han de formar parte del grupo anterior, es decir, de la Gente de la Realidad, aunque esto es bastante inusual.c) Sufiyyat ar-rasm: los sufíes en apariencia solamente, cuyo único interés está en llamarse sufi, o vestir como ellos.[17]


En cuanto al "fana", un término utilizado por los Sufíes y que hace referencia a la extinción del yo, y a las alocuciones extáticas de los Sufíes, Ibn Taymiyya dice: "Este estado de amor es característico de mucha Gente del amor de Allah, y entre la Gente de los Buscadores (Ahl al-irada). Este estado consiste en el desvanecimiento del amante en el objeto de su amor, Allah, por la intensidad del amor que hacia Él sienten, a Él invocará y no a sí mismo, recordará a Allah y se olvidará de sí, tomará a Allah por testigo y no a sí mismo, existiendo en Allah y no para sí. Cuando alcanza aquel estado ya no siente más su propia existencia, pudiendo llegar a pronunciar en dichos estados frases como: "ana al haqq" (soy la Verdad), o "subhani" (¡gloria a Mi!), y "ma fi al-jubba illa Allah" (no hay nada bajo este manto excepto Allah), porque está embriagado en el amor de Allah que es un placer y una dicha que no puede controlar...En este asunto se puede dar tanto la verdad como la falsedad o impostura, no obstante cuando alguien entra en ese estado de fervor amoroso por Allah ("'ishq), se ausentará a sí mismo, y cuando entre en este estado de ausencia de sí, se encontrará en un estado de "Ittihad". Yo no considero esto como una trasgresión, antes bien hay que excusar al sujeto de dichos actos, y nadie puede sancionarle al no ser consciente de lo que está haciendo. El loco no puede ser condenado por sus actos, a menos que recupere la cordura y entonces cometiera las mismas acciones. Sin embargo cuando alguien se encuentra en ese estado y comete alguna trasgresión, se le debe aplicar la aya coránica donde Allah dice: "¡Oh Señor no nos censures y nos reprendas si olvidamos o erramos" (2:286). No hay censura sobre aquel que comete un error inintencionadamente.[18]


"Se cuenta la historia de dos hombres cuyo amor mutuo era tan intenso que un día, uno de ellos cayó al mar, y el otro se arrojó tras él, al ver esto el primero preguntó al segundo, ¿por qué caíste al mar igual que yo?, y su amigo le replicó: -me ausenté en ti y deje de verme a mi mismo, pensé que tu eres yo, y que yo era tu-...por tanto en la medida en que uno se embriaga sin la utilización de sustancias prohibidas, su acción es aceptada, pero si la embriaguez se produce por la ingesta de sustancia ilícitas (es decir, mediando por tanto una intención insana), entonces en este caso no hay disculpa para su autor."[19]


Las páginas expuestas ponen de manifiesto la familiaridad de Ibn Taymiyya con las líneas generales del Sufismo. Tal conocimiento formaba parte de todo aquel que quisiera aprender ciencias islámicas en su tiempo, y también en las épocas precedentes, y no constituía algo extraño o ajeno al gran corpus de ciencias islámicas; sin embargo los malos entendidos de Ibn Taymiyya acerca del Sufismo han pesado enormemente en la mala comprensión del mismo; este punto fue traído a la luz con una enorme precisión por el gran Sufi y Shayj Ibn 'Ata Allah en el debate que sostuvo con Ibn Taymiyya en la mezquita de Al-Azhar en el Cairo.[20]


Traducido de "The Repudiation of "Salafi" innovations" (Kazi, 1996) p. 354-366. Shayj M. Hisham Kabbani.[1]El comentario se encuentra en el volumen 10:455-548 de la primera edición de Riyad de la "Maymu' fatawa Ibn Taymiyya.[2]"Maymu' fatawa Ibn Taimiyya 10:516.[3]Ibn Taymiyya, as-Safadiyya (Riyad: matabi' hanifa, 1396/1976) 1:267.[4]Ibn Taymiyya, "Maymu'at ar-rasa-il wa al mas-ail (Beirut: lajnat at-turaz al-'arabi) 5:83.[5]"Maymu' fatawa Ibn Taymiyya 10:473-474.[6]Ibid. 10:479.[7]Ibn Taymiyya, "Maymu'a ar-rasa-il wa al mas-ail" 1:162.[8]Ibn Taymiyya, "al-Ihtiyay bi al-qadar" (Cairo: almatba'a as-salafiyya, 1394/1974) p. 38.[9]Ibn Taymiyya, "Tawhid ar-rububiyya in Maymu'a alFatawa al-kubra" (Riyad, 13811) 2:464-465.[10]George Makdisi, "L'isnad initiatique soufi de Muwaffaq ad-Din ibn Qudama", in Cahiers de l'Herne: Louis Massignon (Paris: Editions de l'Herne, 1970) p. 88-96: "Ibn Taymiyya: A Sufi of the Qadiriya Order," in American Journal of Arabic Studies I (Leiden: E.J. Brill, 1974) p. 118-129; "The Hanbali School and Sufism," in Boletin de la Asociación Española de Orientalistas 15 (Madrid, 1979) p. 115-126.[11]Ibn 'Abd al-Hadi, "Bad' al'ilqa bi labs al jirka", ms. al-Hadi, Princeton Library Arabic Collection, fols. 154a, 169b, 171b, 172a,; and Damascus University, copy of original Arabic manuscript, 985H.; also mentioned in at-Talyani, manuscript Chester Beatty 3296 (8) in Dublin, fol. 67a.[12]Manuscript Damascus, Zahiriya, 1186 H.[13]Ibn Taymiyya, "Maymu'a al-fatawa al-kubra" 11:5.[14]Ibn 'Ayiba, "Iqad al-Himam" p. 6.[15]Ash-Sha'arani, "At-Tabaqat al-kubra" 1:4.[16]'Abd al-Qahir al-Baghdadi, "Usul ad-din" p. 3115-16.[17]Ibn Taymiyya, Maymu'a al-fatawa al-Kubra 11:16-20.[18]Op. cit. 2:396-397.[19]Op. cit. 10:339.[20]In sha Allah se ofrecerá una traduccción en esta página de dicho debate.
Fuente: http://www.musulmanesandaluces.org/

viernes 26 de enero de 2007

Introducción al Sufismo y sus orígenes


En su libro El Sufismo1, Hazrat Salahedin Ali Nader Angha, actual maestro espiritual de M.T.O. Shahmaghsoudi, Escuela Islámica del Sufismo, indica :


« Sufismo es la esencia de las enseñanzas del Profeta - ha existido desde el principio de la humanidad, sus semillas están sembradas en el corazón de cada ser humano. En cada era Dios ha enviado profetas para guiar al ser humano a progresar en el viaje interior hacia Dios.El gran maestro sufi del noveno siglo, Bayazid Bastami, describe la historia del Sufismo : "La semilla fue sembrada en la época de Adán, brotó en la era de Noé, floreció con Abraham, maduró con Jesucristo, y en la era de Mahoma se convirtió en puro vino".
En general se dice que el Sufismo es la dimensión mística del Islam. En realidad, el Sufismo es el corazón mismo del Islam. Los Sufíes se ocupan de nutrir sus almas y a la vez son musulmanes devotos - rezan cinco veces al día, ofrecen limosnas, guardan ayuno durante el mes del Ramadán, y observan el aspecto exterior del Islam.Al-Hujiviri3, sufi del undécimo siglo, presentó varias hipótesis del origen de la palabra "Sufi". El decía que esta palabra viene de la palabra ahl-suffa, que significa los del Sofá (mueble), que eran unos banquillos en los cuales se sentaban los sufíes para adorar al Señor. Otras dicen que la palabra se aplica por los hábitos que llevaban, que eran de lana (suf). Esta forma de vestir que es lana en contacto directo con la piel, se remonta al primer maestro sufi. Mientras esta teoría se fundamenta en la práctica del Sufismo, las palabras de Hazrat Mir Ghotbedin Mohamad Angha aclaran este punto : él dice que aunque el Sufi se viste de lana (suf), no todo el que se pone este hábito es Sufi. Otros dicen que "Sufi" deriva de la palabra safa que significa "el puro de corazón con sus correctos hábitos". Por esto a quien practica el Sufismo lo llaman sufi, que significa "los limpios de corazón".Aunque esta observación de los historiadores no es incorrecta, pero tampoco no es completa. Ellos han observado el exterior del Sufismo cuando lo importante es el interior, el cual está lejos de su comprensión. Si miramos de cerca estas tres hipótesis, sabremos que llamar a uno "sufi" necesita ciertos requisitos. Para ser el acompañante del profeta, se necesita otro modo de comportamiento. Se necesita pureza de corazón, espiritualidad, ser consciente y mantener la meta sagrada.En realidad, los de suffa (banquillo) o los acompañantes del Profeta seguramente eran conscientes y atentos a sus enseñanzas, ya que querían conocer a Dios. Si llevar túnica de lana era una de las condiciones, ellos se la pondrían. Llevar lana era solamente para recordarles que no tenían que rendirse a los atractivos de este mundo.Al largo de la historia, el sufi ha sido conocido como una persona religiosa que aspira a acercarse a Dios para poder tener una relación directa con el Creador, y unirse a él y subsistir en él, y luego testificar que Dios es uno, como el Profeta dijo : la-ilaha illa-llah. Alcanzar este estado de conocimiento significa que no hay otro Dios en su corazón - Safa.Este método de purificación a través de la sumisión a Dios se llama ma´refa, que significa conocimiento y convencimiento. Para ser exactos, la palabra actual para Sufismo es Irfan, que deriva de la palabra ma'rifa que quiere decir conocimiento y se refiere a un estado de saber en el cual nada puede quedar desconocido, y no quedan preguntas sobre la tema. La persona que enseña este método se llama Arif o "el que ha obtenido el estado más elevado de conocimiento del Señor y ha permanecido en él". »

Hazrat Salahedin Nader Shah Angha, el arif de nuestra era, en su libro titulado Sufismo: la realidad de la religión, así describe el Sufismo :


« El sufismo en general está aceptado como la dimensión mística del Islam. Aunque el origen del Sufismo ha sido explicado de varias formas y ha sido interpretado de diferentes maneras, yo quiero presentarlo como yo lo he experimentado. Sufismo es la realidad de la Religión. Con decir esto quiero decir experimentar a Dios en el interior de uno mismo, aceptar el saber último, y rendirse a él, y amarle con el corazón y la mente. Esta es la realidad de la religión que yo conozco. »4


Uno de los principios fundamentales del Sufismo es que cualquier cosa que existe es la manifestación del absoluto conocimiento que lo domina todo, y no está limitado por el tiempo ni el espacio. Por lo tanto, el lugar más próximo para ganar acceso a este conocimiento es dentro de uno mismo. Lo que se ha escrito sobre la historia y principios del Sufismo es su forma exterior. Su realidad se funda en las enseñanzas del Arif, quien guía a los buscadores de la verdad a experimentar esta realidad de modo que se estabilicen y conozcan su más alto nivel de existencia.


En resumen, el Sufismo es una disciplina, un sistema de educación que facilita el viaje hacia el auto-conocimiento. Este viaje permite al individuo descubrir su realidad estable y finalmente la realidad de la religión. Hazrat Nader Shah Angha enseña : "Cada individuo es el arquitecto de su propio entorno. Nosotros creamos o rompemos las barreras, y decidimos cuán lejos queremos viajar en el sendero del auto-conocimiento para descubrir la realidad de la religión desvelando nuestro propio mito."

jueves 25 de enero de 2007

SAYJ AHMAD AL-ALAWI

Nació en Mostaganem (Argelia) el año 1869. Su familia era modesta pero distinguida. Su nombre, tal como figura en la mayoría de sus libros, era: Abu al-´Abbas Ahmad al-´Alawi.
Fue su padre el que le enseñó a leer y a escribir iniciándolo en el estudio del Quran. Pero esas lecciones duraron poco tiempo. Debido a la extrema pobreza de la familia, tuvo que empezar a trabajar siendo aún muy joven, primero como zapatero, después en una pequeña tienda. Durante su tiempo libre asistía a una serie de lecciones sobre Tawhid que se impartían en una de las mezquitas de la ciudad.
Su padre murió cuando él apenas tenía dieciséis años de edad. Poco después se adhirió a la Tariqa ´Isawiyya y adquirió una gran maestría en la taumaturgia de ese método sufi. Pero no tardó en poner en duda el valor espiritual de esas prácticas que habían degenerado en puro exhibicionismo. Dejó de asistir a las reuniones de los ´isawa aunque continuó ejercitándose en las invocaciones de la Tariqa y encantando serpientes, hasta que entró en contacto con el que habría de ser su verdadero maestro, Sidi Muhammad al-Buzidi (Buçaidi), shayj de la Tariqa Darqawiyya. Cuando al-Buzidi conoció al-´Alawi y supo de su arte le pidió que trajera una serpiente y la encantara ante él. Cuando hizo lo que el shayj le había pedido, éste le dijo que no volviera a hacerlo jamás, y que en su lugar amaestrara otra serpiente más turbulenta y venenosa: el Nafs, el propio ego, aquello que hay dentro del ser humano y que lo destruye totalmente. Impresionado, al-´Alawi le pidió que le admitiera como discípulo. Al-Buzidi lo admitió en la Tariqa Darqawiyya, prohibiéndole que continuara asistiendo a los cursos sobre Tawhid, tema demasiado trascendental para una comprensión puramente exterior o mental, exigiendo, en realidad, un entendimiento interior o intelectual que despierta al concentrarse sobre la invocación del Nombre de Allah (Dzikrullah). Cuando al-´Alawi hubo alcanzado otra percepción, su shayj le autorizó a retomar las lecciones, una vez abierta la capacidad intuitiva de su inteligencia. Al cumplir los veinticinco años, al-Buzidi lo nombró muqaddam permitiéndole con ello iniciar en la Tariqa a todo aspirante al que juzgara digno.A la muerte del shayj al-Buzidi, quince años más tarde, en el 1909, los miembros de la Tariqa insistieron a Ahamd al-´Alawi para que fuera su nuevo shayj. Fue así como sustituyó a al-Buzidi al frente de la Tariqa de los darqawa.
En 1914 decidió independizar su zawiya de la zawiya-madre de los darqawa marroquíes y la nueva rama fue llamada Tariqa ´Alawiyya Darqawiyya Shadiliyya. Una de las razones de esta “ruptura” fue que él sintió la necesidad de introducir en su método la práctica del retiro (jalwa) en una habitación aislada y bajo su estricta vigilancia, considerándolo más adecuado y afectivo para alcanzar la absoluta concentración del aspirante, en lugar de hacerlo en parajes naturales según la práctica habitual de los darqawa.Su fama se extendió pronto por todo el Norte de Africa y no tardaron en llegar hasta él discípulos de todas partes que deseaban recibir su instrucción en la ciencia del sufismo. Una gran zawiya fue levantada frente al mar en Tiÿit, barrio musulmán de Mostaganem. Shayj Ahmad al-´Alawi, heredero de una sabiduría ancestral, fue el representante más eminente del sufismo de su época y considerado por muchos como el muÿaddid (renovador, revitalizador) del Islam del siglo XIV de la era musulmana.Inevitablemente, entró en conflicto con los enemigos del sufismo, en especial con los miembros del grupo “reformista” de la salafiyya. Como una especie de antídoto a sus ataques, el shayj al- ´Alawi decidió publicar una revista semanal, “al-Baläg”, en la que al lado de la apología del sufismo, criticó a los pretendidos “reformistas” por su sumisión continua al mundo occidental a expensas del Islam, defendió la importancia del árabe como vehículo de conocimiento y reprochó la occidentalización de las costumbres. Debido a sus ataques a la política colonialista de los franceses y a que Abdelkrim estuvo entre sus discípulos, las autoridades francesas impusieron restricciones a sus movimientos.A su muerte, en 1934, tenía unos doscientos mil alumnos, y sus zawiyas se extendían por todo el Maghrib, Siria, Palestina, Egipto, Yemen, Etiopía e incluso Europa (París, Marsella, La Haya, Cardiff).
Sus numerosos discípulos yemeníes, muchos de ellos marineros, fueron uno de los factores en la rápida difusión de la Tariqa ´Alawiyya por diversos puertos.
Shayj Sidi Ahmad al-´Alawi fue un hombre culto, gustaba de la poesía y, según el testimonio de muchos europeos que lo conocieron, la fuerza de su personalidad era extraordinaria, su creatividad imparable, y su amor al saber no conocía límite. A.Berque, en una de sus obras, escribe de él: “Fue amante de la investigación metafísica hasta el final de sus días. Pocos problemas hay que no haya abordado, apenas hay ninguna filosofía cuya sustancia no haya extraído”. Esta amplitud intelectual iba a la par con una ferviente lealtad al Islam: insistía a sus discípulos para que rindiesen justicia al aspecto exterior del Islam, a su método y a su realidad interior. Sus escritos, así como sus poemas, contiene formulaciones magistrales de esos tres ámbitos indisociables.

Mawlana Jalaluddin Rumi (Fethullah Gülen)

A lo largo de la historia se han dado algunas personalidades importantes que siempre conservan su frescura y permanecen vivas durante siglos con la ayuda de su voz y aliento, con su amor, entusiasmo y su promesa para hacia la humanidad. El tiempo evidentemente fracasa en su intento de hacer obsoletos a estos individuos. Sus pensamientos, sus análisis, sus explicaciones y sus mensajes espirituales que nunca se perderán, representan soluciones y prescripciones alternativas para los problemas sociales de hoy en día, en una amplia variedad y diversidad.

Rumi es una de estas personalidades. Pese a los siglos que separan su vida de la nuestra, él sigue oyendo y escuchándonos, compartiendo nuestros sentimientos y presentando soluciones a nuestros problemas con una voz sin par. Aunque su existencia se desarrollara hace siglos, permanece vivo entre nosotros sin duda alguna; es un hombre de luz que recibe su luz del espíritu del Maestro de la Humanidad (el profeta Muhammad, que la paz y las bendiciones sean sobre él), distribuyéndola de diferentes maneras por todas partes. Él fue escogido para llegar a ser uno de los hombres más santos de este mundo y ser así puro del corazón; una bendita persona cuyas palabras son excepcionales entre los héroes de amor y pasión. Él cumplía y sigue cumpliendo la misma labor que desempeña Israfil (Rafael), insuflar vida a los espíritus muertos. Sigue proporcionando el agua de la vida a los corazones estériles de muchos individuos, una irrigación espiritual. Sigue suministrando luz a los viajeros en su camino. Él era y sigue siendo el perfecto heredero del Profeta.

Rumi, un hombre de Dios, se apresuró hacia Su Divina Presencia en su propio viaje espiritual; pero además de eso evocó viajes similares en otros creyentes innumerables veces, travesías espirituales marcadas por unos esfuerzos apasionados en pos de Dios. Él era un hombre equilibrado, en permanente estado de éxtasis con Dios, que transmitió vida mediante su amor y entusiasmo; lo hizo hasta tal punto que inspiraba sentimientos trascendentales en los demás y sigue haciéndolo. Además de su pasión hacia Dios, junto con su conocimiento y amor por parte de Él, Rumi es conocido como un héroe en relación a su respeto y temor a Dios. Él era y sigue siendo una persona cuya poderosa voz invita a cada uno a la verdad y a la última realidad bendita. Rumi era un maestro global cuya alegría era consecuencia de Su felicidad, cuyo amor y pasión eran el resultado de Sus favores especiales hacia sí mismo. Su vida proporciona verdaderas pruebas de la Verdad. A la misma vez que dialogó con sus coetáneos de manera efectiva, Rumi fue también influyente y lo sigue siendo con el paso de los siglos, gracias a su manera de reflejar la voz y el aliento espiritual del profeta Muhammad, que la paz y las bendiciones sean con él; conversaba con una voz tan encantadora que era capaz de dirigirse no sólo a sus benditos coetáneos sino también a la gente de nuestra época, siglos después de su existencia física. Dios le encargó esa importante misión y por lo tanto lo dotó de impecables dotes internas y externas de modo que tuviera éxito. Su corazón se hallaba lleno de la luz Divina. Como tal, su esencia está marcada por su sabiduría, la cual brilla como una luz reflejada a través de una gema preciosa. Su fuero interno fue envuelto con Misterios Divinos; y su perspicacia fue iluminada por dicha luz especial.

En esta perspectiva, Rumi representa la Estrella Polar, el núcleo del círculo de la guía y la orientación de su tiempo. Él encarna las características de la luz de santidad, tomando dicha luz a partir del fulgor de la verdad del Profeta. A la mayoría de las benditas criaturas de Dios le atrae instintivamente la luz del mismo modo que la irradiación de Rumi ha atraído a miles de mariposas espirituales. Él representa una guía para la búsqueda de la perfección de la humanidad. Rumi era un prudente exegeta de las verdades presentadas en el Corán. Como intérprete de gran fluidez del amor y el entusiasmo del profeta Muhammad. Rumi era capaz de emplear un lenguaje mágico que hacía que Dios fuese amado por todo el mundo. Aquellos que ingresan en su esfera alcanzan la paz infinita y los que estudian el Corán desde su punto de vista cambian como si hubiesen contemplado en primera persona la época del Profeta. Cuando los versículos del Corán eran interpretados por aquellos más cercanos a Rumi, todos los corazones disfrutaban de la iluminación proporcionada por su sabiduría; era como si todos los misterios del Cielo fueran revelados por su recitación entusiasta de una sola palabra, Dios.


El amor de Rumi por Dios era apasionado y ardiente, dotado de un constante sollozo y un vivo deseo por alcanzar los misterios de Dios. Él experimentó tal amor y tal pasión tanto en su ascetismo solitario como en sus actividades comunitarias. Fue en su soledad cuando paso a ser más abierto ante la verdadera unión con Dios, y fue en dicha separación de todas lo que le rodeaba —excepto de Dios— en la que su corazón se inundó de ardor y pasión. Mientras que dicho ardor le quemaba por dentro, él nunca mostró señal alguna de descontento. Este fuego se consideraba como una exigencia para la pasión, y abstenerse de las quejas se veía como una continuación de la tradición relativa a la lealtad. Según Rumi, aquellos que expresan su amor por Dios deben acompañar necesariamente su declaración de amor con un sentimiento de ardor furioso, esto es el precio que esa persona debe pagar voluntariamente para hallarse próxima a Dios o en unión con Él. Además, hay que centrar la atención en el comportamiento que es en gran medida ascético, como comer, beber y dormir moderadamente así como una conciencia constante y una orientación hacia Dios en nuestro discurso, y debemos experimentar inevitablemente la perplejidad cuando se nos dota con las generosidades de Dios.


Rumi no puede entender como un amante puede dormir de un modo desmedido, ya que esto sustrae aquellos momentos que pueden ser compartidos con el Amado. Según él, dormir en exceso ofende al Amado. Como Dios instruyó a David diciendo: «¡Oh David! Aquellos que se abandonan al sueño sin contemplarme y después reclaman su amor son mentirosos» del mismo modo Rumi dice: «Cuando cae la oscuridad, los amantes se hacen apasionados». Rumi recomendaba esto no sólo con las palabras, sino también con sus acciones.


La siguiente cita recogida de su Diván-i Kabir representa de la mejor manera pequeñas gotas de mar en el océano de sus sentimientos y entusiasmo, tal y como la erupción de un volcán:

Soy como Majnun[1] en mi pobre corazón, que se encuentra sin extremidades,Ya que no tengo fuerzas para resistirme al amor de Dios.Cada día y noche hago grandes esfuerzos para romper las cadenas de amor que me tienen capturado.Cuando aparece la imaginación del Amado me encuentro en la sangre.Como no estoy totalmente consciente, temo pintarlo con la sangre de mi corazón.En realidad, Tú, Oh Amado, debes preguntar a las hadas;Ellas saben cómo inflamé mi interior durante noches.Todo el mundo ha ido a dormir.Pero yo, quien Te dio el corazón, no conozco el sueño como ellos.A lo largo de la noche, mis ojos miran al cielo contando las estrellas.Su amor tan profundamente tomó mi sueño el cual no creo que vuelva ya otra vez.


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